Nacieron dos cisnes bajo un cielo
dormido,
con alas de nieve y un pacto
escondido;
no eran dos sombras buscando un
destino,
eran dos vuelos sobre el mismo
camino.
Bebieron del agua donde duerme la
luna,
bailaron con niebla, con lluvia y
fortuna;
sus plumas guardaban secretos
eternos,
y sus alas vencían los más
crueles inviernos.
No eran uno en el otro, ni parte
perdida,
eran dos almas con fuerza
encendida;
dos fuegos salvajes que amaban
volar,
dos corazones aprendiendo a
surcar.
Pero llegó la noche vestida de
ausencia,
con manos de hielo y fría
sentencia;
una de sus alas dejó de moverse,
y el lago completo comenzó a
oscurecerse.
El cisne que queda contempla el
vacío,
el agua le cuenta que perdió su
río;
sus plumas ya pesan, su vuelo se
apaga,
la luz de sus ojos lentamente se
vaga.
No muere de golpe, no cae al
instante,
camina en silencio, perdido y
distante;
porque aún tiene alas, aún puede
volar,
pero ya no encuentra razones para
al cielo mirar.
Los humanos también llevamos
plumas invisibles,
alas de recuerdos, heridas
imposibles;
flotamos en mares de lágrimas
calladas,
con sueños de cisne sobre
nuestras espaldas.
Y cuando perdemos con quien
compartimos el vuelo,
se vuelve más frío el inmenso
cielo;
no porque seamos una sola
existencia,
sino porque se marcha una parte
de la esencia.
El cisne no cae por falta de
alas,
ni porque la vida le cierre sus
aguas;
cae porque el brillo que habitaba
su vuelo
se fue con el otro más allá del
cielo.
Y dicen que a veces, cuando la
noche avanza,
dos sombras blancas cruzan la
distancia;
dos pares de alas sobre el mismo
mar,
dos cisnes eternos volviendo a
volar.
Ángel Zaradyel
Asturias España