En mármol blanco duerme una figura,
perfecta,
quieta, lejos del latir,
como
si el tiempo, en su cordura,
lo
hubiera hecho eterno sin sufrir.
Todo
en él es calma y equilibrio,
no
hay un suspiro, no hay emoción,
pero
en su pecho, en ese frío,
empieza
a asomar una canción.
Y
de repente llega una flor,
con
su perfume y su calor,
y
el mármol empieza a sentir
lo
que jamás supo vivir.
Y
el mármol aprende a sentir,
cuando
la vida lo roza despacio,
cuando
una flor le enseña a vivir,
cuando
el silencio se vuelve un abrazo.
Y
ya no es piedra, ya no es igual,
algo
en su alma empieza a latir,
porque
hasta lo eterno puede cambiar
cuando
lo toca el arte de amar.
Un
ramo suave de tulipanes
le
habló de todo lo que no vio,
de
manos tibias, de mil planes,
de
un mundo vivo que lo llamó.
Y
entendió que no hay perfección
si
no hay latido en el interior,
que
no hay eternidad sin emoción,
ni
forma pura sin un amor.
Lucas Grasseler
Río Cuarto – Córdoba – Argentina







