En México tenemos la tradición de poner un altar a nuestros seres queridos, a las personas que más amamos y que ya partieron. Se les hace una especie de homenaje con los platillos que más les gustaban. Puede ser un pollo con mole o cualquier platillo que en vida les gustaba. También se les ponen las bebidas; en mi caso, a mi papá le encantaba el whisky y a mi mamá, la Coca-Cola.
En
fin, se les ponen velas que supuestamente iluminan su camino o tal vez iluminan
nuestra propia reflexión hacia la vida y la muerte. Definitivamente, es un
momento en que haces una pausa.
Recuerdo
que de chica sí creía que llegaban los muertos y comían, y el altar no se podía
tocar. Por muchos manjares que pusieran mis padres, no se podía comer nada de
eso.
El
color naranja prevalece en un altar por las flores de cempasúchil y por las
riquísimas mandarinas de la temporada. También se les ponen vasos de agua, no
sea que vayan a tener sed los muertitos.
Total,
que suena bonita tradición que ha trascendido. Incluso del extranjero vienen a
visitarnos, sobre todo a la Ciudad de México, donde ponen unos altares
gigantescos. Cada día se celebra más y tenemos desfiles donde la Catrina hace
su aparición.
Bertha Laraf
Veracruz, México









