viernes, 31 de julio de 2026

CUANDO UN CISNE PIERDE EL CIELO - ÁNGEL ZARADYEL

 


Nacieron dos cisnes bajo un cielo dormido,

con alas de nieve y un pacto escondido;

no eran dos sombras buscando un destino,

eran dos vuelos sobre el mismo camino.

Bebieron del agua donde duerme la luna,

bailaron con niebla, con lluvia y fortuna;

sus plumas guardaban secretos eternos,

y sus alas vencían los más crueles inviernos.

No eran uno en el otro, ni parte perdida,

eran dos almas con fuerza encendida;

dos fuegos salvajes que amaban volar,

dos corazones aprendiendo a surcar.

Pero llegó la noche vestida de ausencia,

con manos de hielo y fría sentencia;

una de sus alas dejó de moverse,

y el lago completo comenzó a oscurecerse.

El cisne que queda contempla el vacío,

el agua le cuenta que perdió su río;

sus plumas ya pesan, su vuelo se apaga,

la luz de sus ojos lentamente se vaga.

No muere de golpe, no cae al instante,

camina en silencio, perdido y distante;

porque aún tiene alas, aún puede volar,

pero ya no encuentra razones para al cielo mirar.

Los humanos también llevamos plumas invisibles,

alas de recuerdos, heridas imposibles;

flotamos en mares de lágrimas calladas,

con sueños de cisne sobre nuestras espaldas.

Y cuando perdemos con quien compartimos el vuelo,

se vuelve más frío el inmenso cielo;

no porque seamos una sola existencia,

sino porque se marcha una parte de la esencia.

El cisne no cae por falta de alas,

ni porque la vida le cierre sus aguas;

cae porque el brillo que habitaba su vuelo

se fue con el otro más allá del cielo.

Y dicen que a veces, cuando la noche avanza,

dos sombras blancas cruzan la distancia;

dos pares de alas sobre el mismo mar,

dos cisnes eternos volviendo a volar.


Ángel Zaradyel

Asturias España


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