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jueves, 19 de enero de 2017

DESDE EL ATAÚD






Desde el fondo de mi ataúd, mis ojos no distinguen las borrosas siluetas que se acercan para observarme. Yo no puedo negarme a que lo hagan. Otros han decidido, tercamente, no sé si mis familiares o el propio embalsamador, introducirme un taponamiento en mis fosas nasales y ponerme un parche de algodón en ambos ojos. No entiendo la razón, pues, por mi estado fuera del mundo real, ni huelo ni miro a nada ni a nadie.
Sin embardo, alguien con distintas ideas a las mías, posiblemente algún familiar con cierta preponderancia en la jerarquía, decidió, como se hace en éstos casos (sin pedir permiso a nadie) desechar la idea de ponerme esos parches (horribles y nada funcionales) y que, de cualquier manera de nada sirven, pues, analizándolo bien, nada escurre por mis fosas nasales y al quitar la venda de mis ojos, como un milagro, he podido verte pasar.
Como ya me habían quitado la pañoleta que trababa firmemente mis quijadas (otra estúpida idea), pude haberte hablado.- Es lógico que no lo hiciera, aunque, socarronamente, ése era mi deseo pero. Estoy seguro que de haberlo hecho, nadie se hubiera quedado en el velorio porque hubieran huido aterrorizados al escuchar que “el muerto hablaba”
Te vi pasar, como siempre, misteriosa y “como ausente”.
Tu luto exterior, en la ropa que llevaba puesta, me hizo comprender que lo material no te importaba ni tampoco los convencionalismos sociales ni las costumbres ni tradiciones, pues, los colores brillantes de tu indumentaria, resaltaron tu figura, esbelta, estética a pesar de los años que has bellamente acumulado, haciéndola parecer fuera de tono, demasiado extraña para ese ambiente fúnebre. Por ello, se escucharon los acres comentarios de los asistentes al acto piadoso:
_¡Mira!_ decían las viejas enfundadas en el clásico atuendo negro, que fúnebremente cubrían de pies a cabeza sus poco agraciados cuerpos y que estaban contestando puntualmente, los misterios del rosario de difuntos: _¡esta vieja se equivocó de indumentaria!_  ¡Cree que está vestida para una comparsa de carnaval, no para un velorio de muerto! _¡En fin!_ ¡Ya no hay moral! ¡Estas nuevas generaciones ya no viven con el santo temor de Dios! ¡Deben tener ya asegurado su lugar en el caldero del diablo! ¡Pinche vieja estrafalaria!
Llevabas puesto, creo que pensaste que era muy apropiado como vestido funerario, un huipil yucateco, de amplio vuelo, blanco, con flores estampadas de colores vivos, impactantes a la retina, ardientes y alegres como había sido tu vida.
Tus ojos destellaban una extraña mezcolanza de tristeza, pesadumbre y alegrías confundidas. Los párpados, hinchados por el desvelo, abotagados por el llanto derramado, tal vez por el insomnio, con un halo negro-grisáceo, de luto, acentuado por el rímel que se corrió de tus pestañas, largas y rizadas, lo que los convertían en más dulces, más bellos, más infantiles.
Al pasar junto al féretro, enviaron una mirada penetrante a mi inmóvil cuerpo. Tus labios tremolaron como  un susurrante aleteo de mariposas y como siempre lo hacías, musitando, en voz baja pero cariñosa: _¡Hola Doctor!_ y con tu humor negro, me preguntaste, al mismo tiempo que cursabas una muy poco apreciable sonrisa: _¿Hace calor allá adentro?_ refiriéndote desde luego, al calor que generaba la madera, la pochota y el satín con que  habían forrado por dentro el ataúd.
Hablaste muy parcamente con mis familiares. Expresaste tu pena no con palabrería usualmente hueca, lleno de compromiso social. _¡No!_ Mayormente lo expresaste con un apretado abrazo que no parecía no terminar nunca. _Nada de sollozos_ Nada de suspiros. Sólo el abrazo.

Posiblemente dejaste volar tu memoria y encontraste tus recuerdos. Recordaste simple y dolorosamente que anteriormente habías pasado por la vivencia de un trance igual. Siempre expresaste repudio al acto que te parecía innecesario y lo considerabas cruel: expresar verbalmente el pésame.
En ése punto concordamos: _¿Te acuerdas?_ Dar a los familiares palabras de consuelo que a fuerza de repetirlas se hacen monótonas y sin sentido, tanto así que muy pronto se olvidan. Son la expresión de culpa-remordimiento que te dañan emocionalmente porque te muerden fuertemente el corazón. Los momentos amargos, las venturosas reminiscencias, algunas felices, la mayoría cruelmente dolorosas porque, no podemos soslayar que la vida no es más que una cadena de circunstancias que tienen un pasado, un presente y teológico y dudoso futuro.
Te acercaste al ataúd, contrario a lo que siempre expresaste como un negativo deseo. No querías ver mi cara con el rictus que la muerte dejó en mi semblante. _¿Qué viste?_ ¡Nunca lo sabré! Ajustaste tu foco visual porque las lágrimas humedecían tus ojos y tal vez la visión era muy borrosa. Acercaste tu rostro a mi cara. Una lágrima cayó humedeciendo mi sudario. Tu boca se movió en un angustioso reclamo que le hiciste. Al desviar tu mirada del crucifijo que habían colocado junto a mi cabeza y luego. Mirándome fijamente, me cuestionaste;__¿por qué te fuiste?
Te note avergonzada de tu propia debilidad. Enjuagaste rápidamente, casi con coraje, tus lágrimas de pesar originadas por la frustración de que, en su oportunidad, no pudiste expresar lo que era inexpresable en palabras.
Sé que no acudirás a mi sepelio. Lo leía en tus ojos. Haz tomado la determinación que toman los amantes frustrados, incomprendidos y cruelmente criticados. La decisión que toan los amantes que nunca corporalmente se han pertenecido, quizá solamente en la ilusión de amar, en un deseo anhelante e incomprendido: ser los dos, uno solo eternamente. Los dos supimos que habíamos llegado tarde a nuestra cita con la vida. Te retiraste, dejando garrapateando en un papel que pusiste en mi féretro y que decía:

¡Oh muerte! ¡Tan poco deseada y tan poco comprendida!

Jorge Caretta Salas
Veracruz, México




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